El rechazo mayoritario de la reforma electoral propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum fue visto ayer por sus críticos como una derrota política, aunque en el fondo es una victoria para ella y el régimen.

Con la negativa de la mayoría de los legisladores a la pretendida modificación legal de las reglas electorales, la presidenta y el gobierno tienen un respiro en un contexto en el que mantienen abiertos numerosos frentes de batalla tanto internos como externos.

Desde mi perspectiva, la presidenta terminó ganando al perder la votación en la Cámara de Diputados, pues echa por tierra todas las versiones, señalamientos y afirmaciones que hablaban de una intención de dar el siguiente paso para concentrar más poder.

De por sí, el discurso de sus críticos se centra en la hipotética actitud condescendiente de Sheinbaum ante la omnipresencia de la figura del compañero Andrés Manuel, a quien se le asignan poderes que rebasan inclusive a los de Claudia. Haber logrado una victoria en el Congreso con su proyecto de reforma le habría generado más desgaste que beneficio.

De entrada, la elaboración de la propuesta fue cuestionada por la sociedad civil, por la oposición y por el sector académico porque nació con el estigma de ser una reforma a modo para —de acuerdo con los críticos— favorecer a Morena, inclusive sobre sus satélites, el PT y el Verde.

Desde la integración de una Comisión Presidencial formada por exfuncionarios y personajes afines y pertenecientes a Morena era notorio su vicio de origen, pues no incluyó a miembros de la academia, intelectuales, representantes de la sociedad civil ni especialistas en el tema electoral.

Ese sesgo se mantuvo durante los meses en los que se realizaron los foros ciudadanos, llamados así pero que en realidad fueron eventos cerrados, limitados a la participación de los afines al régimen. Así fue en todos los estados, replicando un modelo que le funcionó por décadas al viejo PRI.

Luego, cuando se elaboró la propuesta y comenzaron a conocerse algunos de los puntos más polémicos —como la intención de acotar la autoridad del INE, desaparecer los organismos locales electorales, reducir el presupuesto para organizar elecciones y modificar ciertas reglas— surgió preocupación entre quienes saben de Derecho Electoral.

Los temas de la eliminación de diputados y senadores plurinominales, así como la reducción de prerrogativas a los partidos políticos, generaron rechazo entre el Verde y el Partido del Trabajo, aliados de Morena y acompañantes en diversas modificaciones que le permitieron al partido en el poder acumular más fuerza hasta obtener mayoría calificada en ambas cámaras.

El desencuentro fue público y eso fue aprovechado por la oposición, que llevó las cosas a un terreno en donde su narrativa va a querer presentar el rechazo a la reforma electoral como una derrota para Sheinbaum y un triunfo para la democracia.

Pero, como decía, desde mi punto de vista no es un fracaso de la presidenta y mucho menos un triunfo de la democracia. Nada de eso, porque a Claudia le viene bien este rechazo: le permitirá abonar al discurso que niega la injerencia del compañero Andrés Manuel en las decisiones importantes del gobierno y le sirve para mostrar una cara de demócrata.

En el juego de espejos que es la política en México, esos son factores a favor de la presidenta porque la alejan de la percepción que existe en una amplia capa de la población que duda que sea ella quien toma las decisiones relevantes en el gobierno.

También le ayuda porque al régimen le viene bien que su voto duro y los votantes indecisos vean que no tiene una intención de querer convertirse en un gobierno como el de Nicolás Maduro, que es el ejemplo que la oposición utiliza para demeritar la pretendida reforma.

Aunque una lectura superficial de lo que sucedió ayer puede hacer parecer que se trata de la primera gran derrota política de la presidenta, sus críticos dirán que el compañero Andrés Manuel la dejó sola para recordarle quién manda.

Sin embargo, reitero que desde mi punto de vista la presidenta ya había calculado que esto podía suceder y por eso tiene alternativas.

Este rechazo de la oposición y de los diputados del Verde y el PT, aliados tradicionales de Morena, también le permite saber con qué grupos dentro de esos partidos pueden contar y con quiénes habrá que ajustar cuentas de cara a 2027 y 2028.

Me parece que el régimen hizo sus cálculos, movió piezas y envió señales que sin embargo fueron insuficientes para convencer a los coordinadores y líderes del Verde y del PT de controlar a sus diputados federales.

¿Qué sigue ahora? La evaluación del comportamiento de las y los diputados del Verde y del PT que votaron en contra de la reforma, así como la modificación de leyes secundarias que no requieren de una mayoría calificada, porque simplemente con la cantidad de votos que tiene Morena pueden sacarlas adelante.

Tras esto vendrá la estrategia para determinar si es conveniente aprovechar esta fractura en el bloque oficialista para acotar los espacios del Verde y el PT, quitarles poder de presión y ponerlos en su justa dimensión para evitar que el gobierno siga siendo rehén de sus caprichos.

Insisto en que más que una derrota significativa fue una prueba para confirmar el cálculo de la 4T sobre las lealtades de sus aliados, y sirve para darle sustento a las acciones que se implementen de cara a las elecciones de los próximos cuatro años.

Esta fractura del bloque oficialista la veo como algo coyuntural, porque en algún momento el régimen podrá necesitar del voto de sus diputados y los va a utilizar, pero hará todo lo posible para disminuir mientras tanto la fuerza y el tamaño de esas bancadas parlamentarias.

No hay que olvidar que muchos y muchas de las y los diputados de Morena, el Verde y el PT tienen un mismo origen político: el viejo PRI y sus artimañas para obtener, conservar o arrebatar el poder.

abarloventotam@gmail.com

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