Desde el punto de vista de la retórica, el discurso que leyó la presidenta Claudia Sheinbaum el domingo en el Monumento a la Revolución es una pieza poderosa, pero reduccionista en el fondo. En lo personal, me parece un yerro enorme querer comparar la defensa de Rubén Rocha Moya y coacusados, presuntamente cómplices del crimen organizado, con la soberanía.
Hay que reconocer que la emotividad que puso Claudia en su mensaje, dirigido principalmente a los simpatizantes de Morena, tuvo un eco comprensible, bastante replicado y comentado porque el mercado electoral —sí, electoral— al que se dirigió es su voto duro, su amplio nicho político y su principal soporte.
Pero, viendo a fondo, el mensaje, lleno de alegorías y salpicado de arengas de corte nacionalista de los años sesenta y setenta, dejó ver un temor real y una advertencia sobre las acciones que, sin duda, continuarán llevando a cabo autoridades judiciales estadounidenses en contra de políticos de la Cuatroté.
También es una prueba de que la presidenta decidió jugar rudo, endureciendo su discurso y pidiendo a la gente —en realidad, a los simpatizantes morenistas— defender la soberanía, unirse para evitar lo que llamó intentos de injerencia extranjera en las elecciones de 2027 y, además, advirtió con bastante certeza que “primero vendrán por unos y después por otros”, dando a entender que sabe lo que sucederá en los siguientes meses.
En un punto medular del mensaje, Sheinbaum repitió la misma narrativa que trata de minimizar el impacto político en su partido y en el sexenio encabezado por el compañero Andrés Manuel, así como el de sus múltiples amigos, colaboradores y “hermanos”, no biológicos, pero sí de lucha, que son mencionados extraoficialmente en acusaciones sobre presuntos vínculos con el crimen organizado.
Lo que ella deslizó es la revelación de que más adelante, además de las acusaciones contra políticos como el gobernador de Sinaloa con licencia, Rubén Rocha Moya; el senador Enrique Inzunza y otros excolaboradores de ese mandatario, fueron señalados por “una oficina de Nueva York”, aunque nuevamente eludió mencionar que no se trata de un ente administrativo ni burocrático, sino de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, una de las más duras en cuanto a la persecución de presuntos criminales, de acuerdo con los enterados.
No, no se trata de confundir la defensa de la soberanía con la complicidad y la protección a personajes como Rocha Moya, Inzunza y otros tantos más que están en una lista de diez señalados por esa fiscalía estadounidense.
Tampoco se trata de que “todo el pueblo” salga a las calles y a las plazas a “defender la soberanía y evitar la injerencia en las elecciones”. No hay que confundir la defensa a ultranza de un par de políticos señalados como presuntos cómplices del crimen organizado con la patria, la democracia o las instituciones. No, pretender eso es maniqueo.
Sin embargo, como dije al inicio, como pieza de oratoria es bastante buena, con una retórica adecuada al momento político, aunque para mi gusto resulta bastante audaz por el reto implícito a las decisiones de las autoridades judiciales estadounidenses en su combate al crimen organizado en México.
Después de los gritos y de las consignas contra lo que los simpatizantes morenistas siguen llamando intervencionismo, injerencia, calumnias o acusaciones sin pruebas, está el verdadero motivo: fijar una postura políticamente correcta para su mercado electoral, que reafirme su pertenencia y lealtad a un movimiento.
Y esa postura pública es lo menos que se esperaba en “el movimiento”, que no es otra cosa que ese ente amorfo agrupado en torno al liderazgo del compañero Andrés Manuel, particularmente entre los radicales que siguen pensando —sí, como en los años sesenta— que México debe enfrentarse en cualquier frente a Estados Unidos, su “imperialismo” y su “injerencia”.
Repito, desde el punto de vista político-partidista se entiende. Desde la óptica serena de la razón, el discurso no se sostiene moralmente. No hay manera de seguir defendiendo a Rocha Moya y coacusados arguyendo que no hay pruebas, cuando ya dos de sus colaboradores más cercanos se entregaron voluntariamente a autoridades estadounidenses y están bajo proceso.
Querer insistir en la exigencia de pruebas, utilizar ese sofisma de la defensa de la soberanía para no admitir que Rocha Moya y coacusados pueden no ser impolutos y tener vínculos con criminales, es una necedad.
Sigo creyendo que la presidenta Sheinbaum es una mujer inteligente, que realmente quiere cambiar las cosas en el país y desea pasar a la historia por algo mucho más importante que por el simple hecho de ser la primera mujer en llegar al cargo.
Por eso pienso que, aunque públicamente lea ese tipo de discursos destinados a ser consumidos por su mercado electoral, al final de cuentas prevalecerán su sensatez e inteligencia y optará por lo que tiene que pasar: permitir que Rocha Moya y coacusados sean enviados a Estados Unidos para ser procesados por los presuntos delitos que les imputan las autoridades de ese país.
Tensar más las relaciones en un momento complicado para México, querer apostar por generarle problemas en la opinión pública, con sus aliados o adversarios, al presidente estadounidense Trump, me parece una mala apuesta, demasiado arriesgada ante el reducido margen para lograr el éxito.
A estas alturas de su sexenio, con las circunstancias actuales y el contexto geopolítico dominante, creo que no pasará mucho tiempo antes de que la presidenta Sheinbaum ceda a la petición estadounidense y así Rocha Moya sea el sacrificado para calmar los ímpetus de las autoridades del vecino país, evitando que las investigaciones lleguen a más políticos ligados al movimiento y, por supuesto, al círculo cercano del compañero Andrés Manuel.
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